Look what it's done to your friends, their memories are pretend and the last thing that they want is for the feeling to end.

jueves, 7 de marzo de 2013

Anocheció. Amaneció. Día primero de cuatrocientos doce días iguales.

Ay, Tristán, ¿no lo recuerdas? ¿No recuerdas que yo había predicho lo que ocurrió aquel día? ¿No recuerdas las palabras que me inspiraron los posos del té? Yo sí. Las tengo grabadas a fuego. Debí haberte llevado lejos en cuanto se reveló la profecía. Pero no lo hice. Ay, Tristán, me arrepentí cada segundo de los cuatrocientos doce días siguientes. El alba iluminará un pueblo de viudas. Me miraste inquisitivamente según lo decía y, avisado por tu instinto, me pediste más detalles. Pero las hierbas mojadas en el fondo de la taza no dijeron nada más. Puede ser cualquier cosa. 
Esa noche tenías que ir a la fragua a terminar un encargo del señor Costanegra, que necesitaba una nueva verja para su caserío y el herrero te había mandado hacer una cerradura bonita, consciente de que más que herrero eras un platero, que trabajabas con las manos con una precisión pasmosa y que podías hacer maravillas con cualquier resto de escoria. Por supuesto, el poderoso terrateniente nunca sabría quién era el responsable del preciosista resultado, el herrero no iba a revelar que su aprendiz le aventajaba notablemente.
Antes de marcharte, cuando ya había anochecido, me miraste largamente y caí en el precipicio color musgo de tus ojos. Estoy tranquilo porque tú no puedes quedar viuda, pero de todas formas, cuídate, volveré por la mañana. Te marchaste sin una palabra más, pero yo me quedé inquieta. ¿Qué habían querido decir tus palabras? Me habían molestado un poco las implicaciones de lo que habías dicho, era cierto, yo no estaba casada y, a la edad de veintidós años, era todo un fracaso. Que las vecinas hablasen me daba igual pero, ¿que lo hicieras tú? Además, desde que habías llegado a mi casa, se habían disparado los rumores, hasta el punto de que a los pocos días vino el sacerdote a exigir un matrimonio urgente para acabar con nuestra supuesta unión pecaminosa. Tuvimos que aclarar la situación, inventar un parentesco inexistente y decidir que a partir de entonces durmieras en el taller. Aunque tu encanto natural y la clara falta de tal unión pecaminosa hizo que el pueblo olvidara rápidamente el escándalo, yo no podía sacármelo de la cabeza. En cierto modo, la relación que nos unía y que nadie comprendía era precisamente la garantía de que jamás ningún hombre fuera a casarse conmigo. Yo viviría sola siempre y tú probablemente acabarías casándote con alguna de las muchas jóvenes que te seguían entre risas nerviosas por el mercado.
Me acosté acosada por estos pensamientos y me sumí en un sueño inquieto que presagiaba la desgracia.
El alboroto que se formó en el pueblo me despertó y rápidamente salí a la calle. Era aún de noche, aunque la madrugada estaba avanzada. Unos forasteros vestidos de militar y con el bigote engomado estaban pintando de azul los quicios de las puertas de cada casa. No, no de todas, de la mía pasaron de largo, ignorándome, como si yo no estuviese allí. Con ellos iba el alcalde, que daba las instrucciones de las puertas que debían marcar.
Yo me acerqué a un joven militar que apenas si tenía bigote y le pregunté qué ocurría. Esto es la guerra, señora, pero no se preocupe, su marido volverá para darle muchos hijos, esta es zona conservadora y vamos a aplastar a esos liberales hijos de puta. No me quedé a pedir más información ni a aclarar que no estaba casada, corrí hacia la fragua para llegar antes que el alcalde y llevarte a mi casa, que no estaba marcada y adonde nadie iría a buscar hombres para el frente.
Cuando llegué me encontré la puerta marcada y abierta; el taller estaba solitario y nadie vigilaba las brasas.
En la calle me enteré por otras mujeres en camisón de que se habían llevado a todos los hombres para escoger a los más aptos y prepararlos antes de llevárselos. Nadie sabía dónde estabais, así que nos fuimos a la carretera principal a esperar a que pasara la carreta que había llegado vacía y se iba a marchar llena, llevándose nuestro futuro.
Pasadas unas horas eternas, en las que nadie dijo nada ni se oyó un solo llanto, las ruedas del convoy comenzaron a crujir por la calzada. No necesité ni darme la vuelta para saber que habías sido seleccionado, lo sentí en el traqueteo de las ruedas, en el aire que movían, que olía a orégano y canela.
Os habían afeitado por completo el cuerpo como medida de higiene así que me costó un par de segundos localizarte. Deberías haberte visto, Tristán, incluso iluminado solo por la luz de la luna, tus facciones esculpidas refulgían de pura belleza. No tenías ni cejas, pero habían respetado tus pestañas negras y brillantes, que aletearon al reconocerme en la multitud.
Con tu pelo se habían llevado lo único que probaba que eras humano, me pareciste un coloso, una divinidad lejana y terrible. Me reí de los militares que vigilaban que no os escaparais, ¿cómo pretendían apresar a un dios con armas terrenas y llevarlo a una guerra de hombres? Supe que si quisieras podrías elevarte y huir del cruel destino que te esperaba, volar cual pájaro y regresar al Tártaro. Pero no lo hiciste, simplemente me miraste con una mirada en la que brillaba una severidad dirigida a todo el género humano. Tristán de la guerra. 
La carreta avanzó sin piedad con paso tortuoso y perdí tu mirada entre las decenas de miradas indefensas de nuestros hombres, que se iban para no volver. Cuando desaparecisteis en el horizonte, amaneció.
Y sí.
Se iluminó un pueblo de viudas.
Un pueblo de viudas en camisón, ojerosas, despeinadas y ateridas de frío.
El silencio de aquel día fue un silencio de muerte, un silencio que aún no he conseguido terminar de despegarme de la piel.

viernes, 22 de febrero de 2013

Segunda etapa: finalizada.

Ya nada queda de aquella euforia de noviembre.
No.
Me había dedicado a quemarme y todo aquel esfuerzo lleva desde entonces pasándome factura.
Un día y otro. Y otro. Y otro.
Un dolor insoportable.
Me acostaba con dolor y me despertaba con dolor.
Se me instalaba en el pecho y me duraba semanas enteras.
En el momento del estrés, aguantas; cuando hay problemas, te mantienes fuerte, el instinto te ordena sobrevivir. Pero luego pasan las amenazas y toda esa energía para aguantar te la has sacado de dentro, de unas reservas que, al gastarse, te hacen flaquear, dudar de tu propia cordura.
Llevo desde noviembre viviendo de un día para el siguiente, intentando en muchas ocasiones mantenerme cuerda, y, mientras sobrevivía a duras penas, el tiempo, increíblemente, pasaba. Y, cuando creí que ya había remontado la cuesta, resultó que la etapa estaba acabada.
Toda una etapa de tres empleada en recuperarme de la primera, desde luego no es un balance muy halagüeño.
Pero sigo aquí, que no es poco.
Queda la recta final y lo que necesito es el equilibrio, ni los excesos del principio ni los esfuerzos colosales por mantenerme en pie de después.
Equilibrio.
Los miedos de noviembre ya están purgados, ahora toca mirar adelante.
Aunque ver un futuro limitado y vendido a condiciones indispensables no ayude. No, de hecho no ayuda nada.

jueves, 21 de febrero de 2013

Learning to make do

And it came to me as the strangest revelation.
It was enough.
It had always been.
And would always be.
For it had to.
I will learn to make do.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Cuando cierro los ojos, aún te veo tal y como estabas aquella tarde, Tristán, pero no como una imagen estática, sino como una realidad viva; recuerdo tu respiración, el olor a viejo del tejido de tu poncho azul, tu piel morena reluciendo al sol, tus ojos cerrados como por encanto. Tristán dormido. Era domingo y te tocaba librar en la fragua, así que pasabas el día conmigo, sin hacer nada especial, simplemente acompañándonos mutuamente, y es que me había dado cuenta de que los dos habíamos estado muy solos hasta que nos encontramos, o casi mejor, hasta que nos reencontramos.
Yo cosía al sol apresuradamente las camisas de unos guardias civiles, mis manos se movían con destreza, pero añoraban las cartas que el fuego había consumido. Sin embargo, no me arrepentía de haber acabado con mi modo de vida, no si con ello te había salvado y te había unido a mí para siempre.
Cuando hube terminado los remiendos, con un resultado bastante precario, te miré largamente hasta que abriste los ojos de golpe, como siempre has hecho, como si realmente en vez de dormir hubieses estado alerta. Nada más verte los ojos, de un verde mucho más intenso que cuando te dormiste, supe que habías estado en el Tártaro en sueños. Te pregunté despreocupadamente si llovía. Miraste a tu alrededor, el sol bañaba el porche con generosidad, y asentiste débilmente. Allí siempre llueve.
Después de dejar las camisas en el cuartel general, fuimos a los maizales, que estaban crecidos, y nos sentamos entre las plantas, ocultos del mundo y del sol. Te encantaba estar allí, era uno de los pocos sitios en los que sonreías de verdad. Tristán de los campos de maíz. 
Ese día me hablaste mucho de ti como nunca antes lo habías hecho y me dijiste algo que me reconcilió por completo contigo y con las circunstancias en las que llegaste al pueblo. Ese niño nunca llegó a nacer porque llevaba más muerte que vida. Y yo supe de qué niño hablabas y a qué te referías, porque había oído al médico contándole al boticario que el feto cuyo aborto habíamos presenciado llevaba unido a la espalda un gemelo que no había llegado a desarrollarse.
Llegó la noche y nos pilló fuera, pero no volvimos al pueblo, simplemente nos quedamos como estábamos, mirándonos a los ojos sin vernos, perdidos cada uno en nuestro propio interior. ¿O tal vez en el del otro? No lo sé, solo sé que me dijiste que algún día tenía que contarte por qué era tan desgraciada. Me dolió verme tan expuesta, me gustaba buscar en tu pasado, pero no que tú lo hicieras con el mío. Me levanté sin una palabra y me fui.
Todavía me pregunto, querido Tristán, si te quedaste después de que me fuera o si fuiste a dormir al taller. Supongo que saber dónde pasaste la noche aclararía muchas cosas. Pero lo que definitivamente lo aclararía todo sería saber si, como yo, tú también pasaste la noche en blanco.

lunes, 18 de febrero de 2013

Atrévete

Siempre lo haces en la oscuridad, al amparo de las sombras.
En la soledad, con sigilo.
Atrévete a hacerlo de frente.
Hazme un ataque frontal si tanto deseas mi destrucción.
Pero déjate de juegos de críos.
Hazlo.
Atrévete.
Pero nunca te decides porque solo tú quieres ser mártir.

viernes, 18 de enero de 2013

And they get what they like.

They like girls to be pretty, clever enough to keep up conversations. 
They like girls to be fit, sporty enough to be taken to the countryside.
They like girls to be ready, to be needy, to be trendy, to be blonde.
They like girls to be hard workers, to be devoted, to be nice.
They like girls to be talkative, to be chatty, to be irrelevant.
They like girls to be willing to listen, to be taught, to understand what they are told, but never to teach.
Never to be stronger. 
Never to be intelligent.
Never to be silver-tongued.
Never to be equal.
And of course, never to be better.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Lo aprendí de ti.

Lo aprendí de ti.
Luchar y callar.
Intentarlo y no decirlo.
Sufrir y ocultarlo.
Para fracasar en secreto.
Para vencer y sorprender. 
Y desarmar.
Creciste rápido, siempre me pregunto qué te hizo abandonar la infancia.
Yo he tenido que aprender. 
Y tú has sido quien me lo ha enseñado todo.
Pero yo no me he corrompido.
Por eso nunca seremos iguales.
Por eso tus labios están colmados de ceniza.
Por eso yo aún canto en los amaneceres.

M. Tulliver.