Look what it's done to your friends, their memories are pretend and the last thing that they want is for the feeling to end.

viernes, 23 de noviembre de 2012

La boca le sabía a humo.

Y a noche. Y a madurez. Y a ojos azules, también.
Tenía nombre de emperador.

¿Cómo se llama?

Las paredes de la casa estaban empapadas de la misma pregunta, repetida una y otra vez en noches de desvelo. ¿Cómo se llama? ¿Cómo se llama? ¿Cómo se llama?
Pero no había respuesta, nunca la hubo, así que las ventanas estaban abiertas y el aire seco entraba libremente.
¿Quién es?
Las cortinas se revolvían y crujían almidonadas. Tampoco había respuesta para esta pregunta.
El suelo de madera se abombaba por el paso del tiempo, el techo estaba desconchado.
Sueños de textura granular.
Musgo.
Peces.
Rojo.
Sonrisa.
Latidos.
Humo.
Iniciación.

Parece que no, pero ella cuenta los días.

Y los cuenta mejor que ellos. Cada uno es un grito que le hiere la espalda.

lunes, 5 de noviembre de 2012

"Tú habrías sido la primera en morir"

Sé que lo has dicho sinceramente, que no tenías mala intención, pero me has roto un poquito el corazón, porque tienes razón. 
Ya es casualidad que hayas tenido que expresar ese pensamiento que me atormenta desde la noche de Todos los Santos justamente hoy, que es cinco de noviembre. Es macabramente irónico.
Aún me duele pensarlo, pero escribirlo me ayuda a conjurarlo.
I would have been the first to die, but I happened to be somewhere death was not to visit that night.

domingo, 4 de noviembre de 2012

La moda es vanidad

Querido Francesco:
Ahora, en la serenidad del blanco de la lluvia débil, pienso desapasionadamente en la injusticia inherente de la vida. Se han vertido ríos de tinta, se han escrito kilómetros de renglones y millones de pliegos, se han llorado infinitos duelos y se han gritado innumerables elegías sobre este tema, lo sé, pero no deja de fascinarme.
Me doy cuenta de que todos estamos aquí por obligación y todos consideramos que no hemos tenido suerte y que no merecemos lo que nos ocurre. Todos tenemos nuestros vicios y virtudes.
Estamos perdidos, pero solo la noche y la tragedia lejana y desconocida parecen mostrarlo. Aquella noche negra de difuntos en la que se apagaron los ojos de quienes solo eran culpables de no ser lo suficientemente fuertes, nos vi a todos perdidos.
Vi las frustraciones, los deseos insatisfechos, la amargura de la pérdida, la autodestrucción de quien se odia por haber fracasado, las ruinas, la necesidad desesperada, la inseguridad y el miedo con la claridad que solo da observar a quienes conoces despojados de su aspecto habitual. El disfraz elimina lo accesorio y deja lo esencial al descubierto.
No fue un baile de disfraces, fue un baile de desnudos. Y, como ocurre siempre que nos quitamos la ropa y mostramos nuestros cuerpos, nos dimos cuenta de que somos todos iguales. Aunque en este caso la desnudez fuese el disfraz.
No solo vi las miserias de los demás, también pude ver las mías con claridad. Descubrí que sí, que lo de la noche de la vanidad fue un error, que no debí haberme dejado llevar de esa manera tan irreflexiva, pero que a la vez fue ese error el que me permitió darme cuenta de que no he perdido el norte, de que sigo siendo yo, la de siempre. Darme cuenta de mi error me confirmó que estoy en el camino adecuado y por eso esa noche de desnudos pude acostarme sintiéndome orgullosa de mí misma. Yo no le soy fiel a ningún principio moral externo, yo solo me soy fiel a mí misma. Y esa noche me demostré que no me he traicionado.
El invierno va a ser riguroso. El mundo parece precipitarse al abismo paso a paso mientras en nuestro microclima cotidiano también tomamos decisiones difíciles. Cada movimiento, cada desvío, cada duda, cada avance ambicioso, cada retroceso despistado durante este invierno marcarán nuestro futuro. Pero no debemos renunciar a vivir. Deberemos demostrar que somos fuertes y algún día podremos decir que nos curtimos en años duros y que si hemos llegado a donde hemos llegado ha sido solo gracias a nosotros mismos, que somos hijos de tiempos oscuros.
Debemos abandonar lo superfluo y lo que sabemos que nos hace mal, lo que no son más que juegos de niños, lo que nos rebaja frente a otros, aquello en lo que tenemos que rendir tributos en carne y en sangre. Solo así lograremos levantarnos fuertes, individuales, reforzados por la adversidad, con la piel áspera pero con los ojos brillantes. Tenemos que ir a lo esencial y abandonar la tentación de la apariencia y lo superficial, los tiempos duros acaban con todo lo que carece de fondo.
No pierdas la esperanza, Francesco, lo lograremos, estoy segura de ello.
Siempre tuya,

Farfalla.

domingo, 28 de octubre de 2012

Tormenta en el Tártaro

Recuerdo el día en que llegaste como si hubiese sido ayer. El cielo se puso sepia y el río se paró solo por el placer de contradecir a Heráclito; anocheció antes de tiempo y la gente se refugió en sus casas al calor de la gloria. El frío circulaba por las polvorientas calles de piedra en un silencio cortante que arañaba las ventanas de las casas y se colaba por los quicios de las puertas. Yo estaba calentando leche con miel en una olla de barro cuando el fuego se apagó y oí los golpes en la puerta. Toc, toc, toc. ¿Quién es? No contestaste, simplemente pasaste al calor empujándome. No tuve miedo ni un instante. Te miré de arriba a abajo y supe que ya te había visto antes, cuando mis ojos estaban aún cubiertos de líquido viscoso; antes de tener conciencia de mí misma, supe quién eras tú.
Llevabas un poncho de viaje raído y sin color, de aspecto miserable y sucio, pero aún así te envolvía un aura regia y solemne. Jamás había visto a una persona tan triste como tú, con tus ojos como dos esmeraldas refulgentes, tus pómulos afilados y la barba de varios días. Cuando abriste la boca para hablar, me enseñaste la dentadura más blanca que se había visto en el valle. Tristán del Tártaro, señorita, a sus pies.
Te ofrecí la leche con miel fría, pero cuando llegué a la cocina el contenido de la olla estaba hirviendo como si llevase un rato sobre el fuego que ya se había extinguido, así que pude servir dos tazones humeantes.
Nos sentamos junto al fuego sin hablar, bebiendo a sorbitos pequeños la leche con miel y mordisqueando unas tortas de trigo. Fue entonces cuando capturé por primera vez tu imagen como habría de hacerlo tantas otras veces en el futuro, me dejé penetrar por los efluvios que emanabas y te quedaste tatuado en mi retina así como estabas, absorto mirando al fuego y exhalando vaho como si nunca fueses a entrar en calor: Tristán Triste.
¿No me va a hacer ninguna pregunta, señorita? Tu voz me envolvió por completo, era grave y profunda, te nacía desde lo más íntimo del pecho, donde se escondían tus secretos.
Estoy esperando a que me preguntes mi nombre. De alguna manera inexplicable sabía que ya lo sabías, al igual que yo ya sabía el tuyo antes de que me lo dijeras, pero también sabía que hasta que no te lo dijera, no lo recordarías, como no había recordado yo el tuyo hasta que lo habías dicho.
Pero no me preguntaste cómo me llamaba ni tampoco dijiste nada más.
Acabada la cena, apagué las velas y te ofrecí el pobre lecho que se desmoronaba miserablemente en un rincón.
Cuando te dije, querido Tristán, que ibas a pasar frío, sonreíste enigmáticamente por primera vez. Más frío hace en el Tártaro.
Aquella fue la primera de tantas sonrisas que habías de dedicarme a partir de entonces, también fue la primera vez que me hablaste a mí directamente, despojando a tus palabras de la fría cortesía del tratamiento de señorita.
Y tú, Tristán, ¿recuerdas cuando al día siguiente de conocernos, muy de madrugada, me pediste ayuda para afeitarte y te corté en la mejilla? Yo sí, especialmente recuerdo el color vibrante de la sangre que te arranqué, viva y joven como ninguna, pero paradójicamente gobernada por un velo de muerte que me sobrecogió profundamente. Cogí la gota roja en un dedo y la observé al trasluz, maravillada por los intrincados arabescos que bailaban en ella. Luego el rojo se sublimó y la gota pasó a ser transparente como el cristal. Entonces te vi a través de la gota de tu propia sangre con una perspectiva gloriosa que me permitió admirar tu rostro afeitado, en el que los ojos habían cobrado un mayor protagonismo. Ay, Tristán, fue en ese preciso segundo cuando me di cuenta de que el carpintero del pueblo te admitiría como aprendiz esa misma mañana, que su hija Lola se enamoraría de ti, que tú, ajeno a sus sentimientos, la rechazarías con tu indiferencia, y que ella se moriría de amor en la trastienda con los ojos abiertos. 
Pero esa habría de ser solo la primera de las desgracias que tu presencia en el pueblo acarrearía. La segunda fue anterior en el tiempo a la muerte de la chica, pero no a su enamoramiento, y por tanto no puede ser considerada la primera. Esta segunda desgracia ocurrió según salías por la puerta del taller ya contratado, apenas me alcanzaste bajaste los ojos y susurraste algo casi inaudible. Un instante después, pasó frente a nosotros una vecina visiblemente embarazada que nos sonrió con la alegría de quien espera un hijo. La mujer dio dos pasos y gritó. Por las piernas morenas se le enroscaban serpientes color rubí que se escapaban de su vientre, donde el niño había dejado de moverse para siempre.
Aquí todo se vuelve borroso, creo recordar que me tapaste la boca para acallar mis gritos y me arrastraste lejos de la escena de la mujer llorando y el médico certificando lo obvio. Yo sabía que lo que habías murmurado había sido una suerte de conjuro asesino. Has sido tú, lo he oído, lo has matado tú. Gritaba y me rebelaba contra ti, que me intentabas inmovilizar; estaba claro para mí, lo que habías dicho era lo que había causado el aborto. Me llevaste hasta la linde del pueblo, me empotraste contra un muro de piedra y me agarraste del cuello de la camisa con violencia. Escúchame bien, yo no he sido, ese niño ya estaba muerto, ¿me oyes? Yo no he hecho nada. 
Y yo te creí. Vi la sinceridad en tu mirada y dejé de luchar y tener miedo; me abandoné y quedé colgando como un pelele. La realidad se oscureció como aquella vez que fui a vendimiar sin haber desayunado y solo pude murmurar: ¿Por qué estas mojado, Tristán? Era cierto, estabas empapado como si llevases un rato bajo la lluvia. Recuerdo lo que me susurraste al oído: Porque hay tormenta en el Tártaro.

sábado, 6 de octubre de 2012

Flip a coin


Ten. Nine. Eight. Seven. Six. Five. Four. Three. Two. One.
Flip a coin.
Heads. You win.
Tails. You lose.
Luck is a dodgy tart.
To be made redundant, what a civilized way to call such an uncivilized situation.