Look what it's done to your friends, their memories are pretend and the last thing that they want is for the feeling to end.

martes, 23 de junio de 2015

Contigo el pasado no existe.

No se me olvida que fuiste tú quien me curó, quien me libró de mis fantasmas, quien me guió a la luz invernal.
Desencantaste el vestido negro. Hiciste de mis sombras luces.
Me liberaste de mis múltiples avatares, quitándome con calma una máscara tras otra hasta que aparecí ante ti sin artificios ni disfraces, solo yo, huesuda y vulnerable, toda piel e inseguridades.
Y tú me acogiste sin dudar.
Ya no se trata de ti ni de mí. 
Ahora somos nosotros; nosotros riéndonos a carcajadas sentados sobre el pasado, que está muerto y seco.
Muerto, seco y olvidado, el pasado ya no existe.

miércoles, 10 de junio de 2015

Rabia. (II)

La rabia se esfumó antes de que pudiera confesar que nos había matado. A ti y a mí. A los dos.
Y a falta de confesión, resucitamos. Tú y yo. Los dos.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Rabia.

Aunque hacía calor, aún era primavera. 
Y no solo era primavera porque lo dijera el calendario, sabía que era primavera porque sentía la rabia. Esa rabia vibrante y regeneradora que precede a la alegría y lleva a la metamorfosis.
Entonces, en el aire enrarecido que le acariciaba la piel con un tacto de cereza brillante, decidió rasgar sus disfraces y acabar con sus artificios.
Desnuda bajo el sol, echó a correr hacia delante, decidida a no mirar nunca atrás.

domingo, 10 de mayo de 2015

Tenerse.

El amor nunca había sido tan real y probablemente por eso, cuando estaba sola, le resultaba increíble que fuera cierto. No le pasaba cuando estaba con él, ni siquiera se le ocurría pensar que aquello era extraño y desconocido: simplemente se dedicaba a vivirlo sin pensar, a dejarse hacer y a hacer, a consumirse.
En la distancia, cuando se habían despedido y ella ya volvía en metro a casa, se daba cuenta de lo poco que había sabido de la vida y de su propio cuerpo antes de tenerlo a él. Tenerlo. Se le hacía raro solo pensarlo, pero así era: lo tenía a él y él a ella. Se tenían. Probablemente se tenían de la manera más perfecta que se puede tener a alguien.
Y, sin embargo, ella dudaba. Dudaba de cuánto iba a durar aquello, de si él la quería de forma apasionada, de si la incluía en sus planes, de si deseaba seguir teniéndola. 
Pero solo dudaba cuando no estaba con él.

domingo, 8 de marzo de 2015

¿Quién es ella?

Es alta, delgada y tiene la piel oscura. Mira al frente decidida con los ojos negros limpios y brillantes, tiene la mirada amplia de quien no conoce límites, es la mirada fresca de la juventud.
Sonríe y enseña una boca llena de dientes blancos. Es guapa, pero a nadie le importa, mucho menos a ella.
Se muerde el labio en medio de la sonrisa, no está acostumbrada a que la miren tanto, se acaricia el vientre y deja ahí su pequeña mano protectora; aún se sorprende de lo rápido que está creciendo el niño dentro de ella, está a punto de parir y sigue sin ser capaz de verse con otro niño puesto al pecho. En el fondo sueña con que sea una niña, porque niño solo hay uno para ella y es su primogénito, que le agarra la mano con fuerza para evitar caerse. Acaba de aprender a andar; no tiene ni dos años.
Cierra los ojos de repente, la sonrisa se desvanece, y, al desaparecer, deja tras de sí un rostro que parece no haber sonreído nunca. Le pasa a veces, los recuerdos la golpean y se queda sin aire. Recuerda la violencia, los golpes, los empujones salvajes y rítmicos, el odio del crimen. La violaron y  no puede olvidarlo, lo piensa brevemente cada día al despertar, más que pensarlo lo acaricia, se acerca al rincón oscuro de su cabeza donde tiene esas horribles imágenes guardadas bajo siete llaves y huye. Luego se levanta con la esperanza de que sus fantasmas se hayan dado por satisfechos con ese pequeño tributo y la dejen vivir en paz el día. A veces funciona, pero otras se abren los sellos y escapan los gritos. Y aparece ante ella la cara del agresor, que no es otro que su marido.
Ella trabaja, va cada día a los telares, aunque ahora le cuesta más ponerse frente a las terroríficas máquinas, es menos ágil con el niño dentro y tiene miedo de caer bajo las agujas asesinas. El capataz la mira sin piedad pelearse con los hilos que se enganchan y meterse temerariamente entre las bobinas atascadas, haciendo un esfuerzo hercúleo por mantener el equilibrio con el centro de gravedad alterado por su estado. Se le rompe un patrón y, antes de poder ponerse a arreglarlo, el capataz la arranca de su puesto y le cruza la cara con el dorso encallecido de la mano. Ella no dice nada y vuelve a su sitio, ya no le dan ganas de llorar ni se siente humillada y no puede evitar sonreírse al recordar cuando aún era una niña y aquella violencia no le dejaba dormir. Ahora ya es mayor y se sobrepone, no es la niña de doce años que entró de aprendiza al taller, de aquello hace ya tres años, mas de mil días. Ahora es fuerte.
Su piel oscura se queda blanca, los ojos han perdido el brillo y se han quedado opacos. Tiene la frente perlada de sudor frío, el pelo pegajoso y los miembros flacos e inertes. Entre las piernas, un mar de sangre de color rojo vibrante; finalmente, en un macabro espasmo post mortem, nace la niña, que no respira. Nace muerta o lo que es lo mismo, no nace. Y mientras no nacía, su madre se ha muerto, así que probablemente ni siquiera es su madre, porque los muertos no tienen hijos y quien no nace no tiene madre.
El niño llora pero no sabe por qué, nunca recordará el rostro de su madre, pero no porque sea demasiado pequeño para conservar recuerdos, sino porque nunca llegará a crecer, la hambruna se lleva a los niños, y más si no tienen quién los cuide.
¿Quién es ella?
Ella es una mujer en la Tierra hoy mismo.
Una de las que abundan.
Si tuviésemos que escoger un caso representativo que ilustrase qué es una mujer hoy, sería ella.
¿Quién es ella?
Es una mujer.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Fuego

Fuego.
Pronto todo sería solo eso.
Fuego.
Fuego y humo.
La plaza era perfectamente cuadrada, el arquitecto había puesto especial atención en las proporciones, deseaba crear un recinto armonioso y sereno en un intento, según las malas lenguas, de compensar su propia inestabilidad emocional, fruto de una tortuosa relación con una señora principal que, aunque soltera, solo quería que anocheciera en su cama, nunca que amaneciera. Cada piedra blanca y regular y cada losa negra y pulida se esforzaba por poner orden en aquel caos de sábanas de holanda y paredes cubiertas de tapices que se entrelazaban en los ardientes recuerdos del arquitecto, que era obligado cada madrugada a abandonar la casa de su amante por la puerta trasera. En el centro de la plaza no había ni fuente ni estatua—o eso creía el vulgo, las señoras de la alta sociedad conocían la verdad sobre la estatua hecha a la amante y oculta en el subsuelo, aunque nunca pudieron confirmar los rumores—, tan solo había una losa redonda blanca como las fachadas de los edificios que rompía con la monotonía del suelo negro y rectilíneo. Sin embargo, aquella pequeña licencia al caos del arquitecto no satisfizo a Sebastián, que no podía soportar la visión de tanta armonía.
Sebastián solo podía pensar en el fuego. Acariciar la imagen inventada de un torbellino de llamas que nunca llegaría a ver. Avanzó hasta el círculo del centro de la plaza completamente ignorante de la musa pétrea y despiadada que desde las profundidades clavaba la mirada en el cielo de cemento. El olor que le rodeaba y que habría alertado a cualquiera que se hubiese acercado a él se extendía más allá de su piel como un aura intensa y venenosa. Con los pies desnudos acariciando la negrura de la piedra, sacó del bolsillo de la cazadora de piel negra una cajetilla de tabaco de la que extrajo lentamente un solo cigarrillo. Su último cigarrillo. Lo colocó con parsimonia entre los labios y sonrió burlón a la perfección de la plaza, dispuesto a acabar con ella de una vez por todas. Cuando ya notaba en la piel del dedo la aspereza fría de la rueda del mechero, un toque en la espalda lo detuvo. Al darse la vuelta se encontró con una chica joven que le pedía que le hiciera una fotografía frente a una de las fachadas. El cigarro se le cayó de los labios ante la visión de semejante rostro. Una oscura herida le surcaba la cara desde la frente hasta la barbilla, pasando por el entrecejo y la mejilla izquierda, destrozando cualquier simetría o rastro de belleza.
Después de retratar a la chica y devolverle la cámara—y tras comprobar también que aquello que le había destrozado la cara se había llevado varios dientes por delante—, Sebastián huyó de la plaza, donde la perfección y la armonía habían muerto tras el paso de aquel rostro. Había guardado el tabaco y el encendedor, consciente de que su obra maestra había quedado huérfana de motivos. Al llegar a la orilla del río, se sumergió rápidamente, disfrutando del frío del agua cristalina que bajaba salvaje y desordenada. Abandonó la ropa en una roca y robó en un descuido una pastilla de jabón rugoso que alguna anciana había acercado al borde para lavar la ropa de cama. La abrasiva emulsión retiró el baño oleoso de gasolina y también la capa más externa de su piel, donde se habían pegado las obsesiones contra el orden y por el caos. Una vez hubo exfoliado cada resquicio de su anatomía, se sintió liviano y puro, liberado de su sed de fuego y preparado para volver a su tierra, donde había descubierto tiempo atrás el desorden en la gravedad reclamando a las mariposas, que apenas podían librarse de esa atracción fatal con su incansable aleteo.
Antes de partir, desnudo y joven de nuevo, encendió el cigarrillo y lo fumó con calma, sintiendo el equilibrio y la armonía del inmenso bosque de árboles aromáticos. Sebastián tiró la colilla, se puso la chaqueta de piel sobre la desnudez y huyó hacia delante, sin mirar atrás, libre del ansia de desorden y destrucción.
Pero aquel cigarro había sido concebido para lograr la destrucción, Sebastián lo había conjurado contra el orden, y ocurrió lo que estaba escrito que habría de ocurrir. Cuando ya se había alejado del bosque, sintió una sacudida violenta en el pecho, la fiera indomable que habitaba en él y que lo había empujado a rociarse con gasolina aquella mañana rugía de placer. A sus espaldas ardía la madera de los árboles que habían cobijado su curación. La vorágine de llamas se elevaba al cielo, queriendo incendiar las nubes.
Fuego.
Todo era eso.
Fuego.
Fuego y humo.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Rubén.

Rubén se hunde.
Rubén se entierra.
Se cubre de arena mojada y se agota.
Se va al fondo del mar y se deja llevar por las olas.
Ya no lucha por salir a flote.
Deja que el océano lo arrastre sin piedad como una caracola deslavada.
Y espera la muerte, si bien la teme.

Rubén no sale.
Rubén no ríe.
Escucha versos violentos y los recita.
Se esconde en la música y se queda en trance.
Ya nadie le avisa los sábados.
Pasa las tardes en casa frente a un libro, mirando la pared con la cara quieta.
Y espera un renacer que nunca llega.

Rubén no duerme.
Rubén no corre.
Se pasa las noches en blanco y luego, fundido a negro.
Su madre lo despierta y el sol está bajo.
Ya ni siquiera se quita el pijama.
Se ducha y se mete en la cama, para que el lecho sea el sepulcro.
Y espera otro invierno frío y oscuro.

Rubén se asfixia.
Rubén se ahoga.
No soporta más ver las mismas calles.
Sentarse de nuevo en el mismo pupitre.
Ya no recuerda la última vez que tuvo ilusión.
Los sueños se le llenan de quimeras-- de las que escupen fuego.
Y él se convierte en estatua de sal.